Hay destinos que uno se guarda en el cajón de «algún día», y Rumanía suele ser uno de esos países subestimados: se piensa en Drácula, en castillos de cuento y poco más, y la realidad es mucho más rica. Es un viaje que sorprende de principio a fin, con ciudades llenas de vida, carreteras de montaña que parecen sacadas de un documental, fortalezas que llevan siglos en pie y pueblos sajones que da la sensación de que el tiempo se olvidó de ellos. Y lo mejor: es un destino mucho más accesible de lo que la imaginación colectiva sugiere.
La ruta: de Bucarest a la Transfăgărășan
El itinerario clásico y más lógico para recorrer Transilvania y sus alrededores en coche arranca en Bucarest, la capital, y va subiendo hacia los Cárpatos pasando por Sinaia, Brașov, Bran, Sighișoara y Sibiu, con la posibilidad de cerrar el círculo por la mítica carretera Transfăgărășan si la temporada lo permite (suele cortarse en invierno por la nieve). Es un recorrido pensado para disfrutarse en coche de alquiler, ya que muchos de los pueblos y miradores más espectaculares quedan lejos de las rutas de tren o autobús.
Para hacerlo con calma, lo ideal es reservar entre seis y siete días como mínimo, aunque si el calendario da margen para nueve o diez, se agradece no tener que correr entre parada y parada. En cuanto a la época del año, la primavera tardía (mayo-junio) y el otoño (septiembre-octubre) ofrecen el mejor clima y bastante menos afluencia turística que el verano; agosto también funciona, pero hay que contar con más calor y más gente en los puntos clave.
A nivel práctico conviene llevar una tarjeta tipo Revolut (o similar) junto con algo de efectivo en leus rumanos, datos móviles mediante eSIM o SIM local, calzado cómodo para las caminatas por cascos históricos y fortalezas, y, si se viaja en coche, tener en cuenta los peajes y la viñeta obligatoria, además de armarse de paciencia en algunas carreteras secundarias que no están en su mejor estado.
Día 1: Bucarest, la capital que no esperas
El viaje arranca con un free tour para situarse en la ciudad, una manera sencilla de entender su historia y su trazado antes de perderse por libre. La zona de Lipscani, el casco histórico, hierve de ambiente entre terrazas y calles peatonales, y es fácil quedar atrapado por la fachada del Ateneo Rumano, uno de esos edificios que enamoran a primera vista. El día se cierra como manda la tradición local: con unos papanași, ese postre rumano de queso, nata agria (smântână) y mermelada que se ha ganado fama de «pecado» gastronómico imprescindible.
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Día 2: de Bucarest a Brașov, con Bran de por medio
La segunda jornada empieza con un paseo tranquilo por Bucarest aprovechando la luz suave de la mañana: una parada fotográfica en la librería Cărturești Carusel, una visita a la iglesia de San Jorge, el clásico saludo a la loba que amamanta a Rómulo y Remo (símbolo del origen latino de Rumanía) y, para cerrar con fuerza, el impacto de ver en persona el Palacio del Parlamento, una construcción tan desmedida que las fotos no le hacen justicia.
Desde ahí, la carretera lleva hacia Brașov con una parada obligada en Bran, la localidad asociada al mito de Drácula gracias a su castillo. La jornada termina con una cena tranquila y una copa de vino como colofón perfecto tras un día intenso de carretera y visitas.
Día 3: Brașov y la escapada a Râșnov
Brașov se recorre bien en un día: la Piața Sfatului (la plaza principal), la Iglesia Negra —uno de los templos góticos más importantes de la región— y el cartel de BRAȘOV, versión rumana del Hollywood Sign, visible desde el monte Tâmpa, además de varias cafeterías con encanto que invitan a alargar la mañana.
Desde allí, una escapada corta lleva hasta Râșnov, donde la ciudadela amurallada estaba en obras de restauración durante la visita, aunque las vistas desde lo alto siguen mereciendo la subida. El día se cierra bajo tierra, en la cueva de Peștera Valea Cetății, un lugar de silencio absoluto, goteras constantes y un frío que despeja la mente de golpe.
Día 4: el santuario de osos cerca de Brașov
La cuarta jornada tiene un tono distinto, más reflexivo. La visita a un santuario de osos rescatados cerca de Brașov cuenta una historia dura pero necesaria: animales rescatados de circos o cautiverio, atendidos por veterinarios y con espacio real para recuperar su comportamiento natural. Se trata de una visita guiada y a distancia, con todo el respeto que merece el proceso, y de la que se sale con la idea muy clara de que los animales no están para servir de entretenimiento humano.
Día 5: pueblos sajones, Sighișoara y la sal de Turda
El quinto día es de contrastes fuertes: primero las fortalezas sajonas de Viscri y Saschiz, con sus tejados de colores y ese aire de aldea medieval bien conservada, y después la ciudadela de Sighișoara, con su torre del reloj como protagonista, una de las pocas ciudadelas medievales todavía habitadas de Europa.El cierre del día es bajo tierra, en la mina de sal de Turda (Salina Turda), convertida hoy en una auténtica atracción subterránea que combina historia minera con instalaciones modernas; es de esas visitas que dejan con la boca abierta por la escala del espacio excavado.
Día 6: Cluj-Napoca en formato exprés
Cluj-Napoca se visita casi de pasada, pero deja huella: la plaza de Unirii como centro neurálgico, el Jardín Botánico como remanso de calma y la colina de Cetățuia, desde donde se obtienen las mejores vistas de la ciudad. Arquitectura gótica, puentes tranquilos y un cierre en altura que resume bien el carácter universitario y vivo de esta ciudad transilvana.
Día 7: de Alba Iulia a los castillos de Sinaia
La última jornada del recorrido es la más variada. Empieza en Alba Iulia, con su imponente fortaleza Vauban en forma de estrella, sigue en Sibiu, célebre por sus tejados con ventanas que simulan «ojos» vigilando la ciudad, y continúa por la carretera hacia Cârțișoara, la puerta de entrada a la Transfăgărășan, con miradores que aparecen prácticamente cada dos minutos de trayecto.
El broche final llega en Sinaia, rodeada de pinares, con la visita a dos castillos que resumen el esplendor de la Rumanía real: el Castillo de Peleș, digno de postal por su arquitectura de cuento, y el Castillo Cantacuzino, con vistas privilegiadas sobre las montañas Bucegi.
Por qué merece la pena
Lo que queda tras este recorrido es la sensación de haber tocado varias Rumanías distintas en un solo viaje: la urbana y bulliciosa de Bucarest, la medieval y fortificada de Brașov y Sighișoara, la rural y sajona de Viscri y Saschiz, la subterránea y sorprendente de las minas y cuevas, y la de naturaleza pura en las carreteras de montaña rumbo a la Transfăgărășan. Es un país que combina historia, paisaje y gastronomía sin necesidad de grandes artificios turísticos, y que premia especialmente a quien se anima a moverlo en coche y con tiempo suficiente para no tener que elegir entre un castillo y un atardecer en la montaña.